"Me coge la mano derecha con su izquierda, y los dos miramos a
Cinna para confirmarlo. Él asiente y da su aprobación levantando el
pulgar; es lo último que veo antes de entrar en la ciudad.
La alarma inicial de la muchedumbre al vernos aparecer se
transforma rápidamente en vítores y gritos de «¡Distrito 12!». Todos se
vuelven para mirarnos, apartando su atención de los otros tres carros
que tenemos delante. Al principio me quedo helada, pero después nos
veo en una enorme pantalla de televisión y nuestro aspecto me deja
sin aliento. Con la escasa luz del crepúsculo, el fuego nos ilumina las
caras, es como si nuestras capas dejaran un rastro de llamas detrás.
Cinna hizo bien al reducir el maquillaje al mínimo: los dos estamos
más atractivos y, además, se nos reconoce perfectamente.
«Recuerda, la cabeza alta. Sonríe. ¡Te van a adorar!»
Oigo las palabras del estilista en mi cabeza, así que levanto más
la barbilla, esbozo mi mejor sonrisa y saludo con la mano que tengo
libre. Me alegra estar agarrada a Peeta para guardar el equilibrio,
porque él es fuerte, sólido como una roca. Conforme gano confianza,
llego a lanzar algún que otro beso a los espectadores; la gente del
Capitolio se ha vuelto loca, nos baña en flores, grita nuestros nombres,
nuestros nombres propios, ya que se han molestado en buscarlos en
el programa.
La música alta, los vítores y la admiración me corren por las
venas, y no puedo evitar emocionarme. Cinna me ha dado una gran
ventaja, nadie me olvidará. Ni mi aspecto, ni mi nombre: Katniss, la
chica en llamas.
Por primera vez siento una chispa de esperanza. ¡Tiene que
haber algún patrocinador dispuesto a escogerme! Y con un poco de
ayuda extra, alguna comida, el arma adecuada... ¿Por qué voy a dar
los juegos por perdidos?
Alguien me tira una rosa roja y yo la cojo, la huelo con delicadeza
y lanzo un beso en dirección a quien me la haya tirado. Cientos de
manos intentan capturar mi beso, como si fuese algo real y tangible.
--¡Katniss! ¡Katniss! --Los oigo gritar mi nombre por todas partes.
Todos quieren mis besos.
Hasta que entramos en el Círculo de la Ciudad no me doy cuenta
de que debo de haber estado cortándole la circulación de la mano a
Peeta, tan fuerte se la tenía cogida. Miro nuestros dedos entrelazados
y aflojo un poco, pero él me vuelve a coger con fuerza.
--No, no me sueltes --dice, y la luz del fuego se refleja en sus ojos
azules--. Por favor, puede que me caiga de esta cosa.
--Vale.
Así que seguimos cogidos, aunque no puedo evitar sentirme
extraña por la forma en que Cinna nos ha unido. La verdad es que no
es justo presentarnos como un equipo y después tirarnos en la arena
para que nos matemos el uno al otro.
Los doce carros llenan el circuito del Círculo de la Ciudad. Todas
las ventanas de los edificios que rodean el círculo están abarrotadas
de los ciudadanos más prestigiosos del Capitolio. Nuestros caballos
nos llevan justo hasta la mansión del presidente Snow, y allí nos
paramos. La música termina con unas notas dramáticas.
El presidente, un hombre bajo y delgado con el cabello blanco
como el papel, nos da la bienvenida oficial desde el balcón que
tenemos encima. Lo tradicional es enfocar las caras de todos los
tributos durante el discurso, pero en la pantalla veo que Peeta y yo
salimos más de lo que nos corresponde. Con forme oscurece, más
difícil es apartar los ojos de nuestro centelleante atuendo. Aunque
cuando suena el himno nacional hacen un esfuerzo por enfocar a cada
pareja de tributos, la cámara se mantiene fija en el carro del Distrito
12, que recorre el círculo una última vez antes de desaparecer en el
Centro de Entrenamiento."